jueves, 25 de abril de 2013

Capítulo Cuarto








Al amparo del fuego del hogar




La taberna de Arroyolargo, propiedad del alcalde, no era muy grande. El edificio estaba hecho de madera y tenía dos plantas. La inferior estaba destinada al local en sí, mientras que en la otra, a la que se accedía subiendo por una escalera de caracol, estaban ubicadas las habitaciones de Rolbur y su familia.

La historia de la taberna era la historia de Arroyolargo.

Unos treinta años atrás, algunos de los campesinos de Darlan, presionados por el constante crecimiento demográfico del pueblo y la escasez de campos de cultivo de la zona, tuvieron que buscar suelo de labranza en otros lugares. En consecuencia, muchos de ellos se desplazaron hacia el oeste en sus carretas dispuestos a explotar nuevos terrenos fértiles. En aquel lugar apartado construyeron pequeñas chozas y cobertizos, en los que pasaron semanas enteras viviendo lejos de sus familias mientras cultivaban la tierra.

Pronto se hizo evidente la necesidad de disponer de un lugar para comer y beber, y el joven Rolbur, que por aquel entonces era uno más de aquellos campesinos, tomó una decisión al respecto. Vendió parte de las parcelas de tierra que había heredado de su difunto padre, y con el dinero que recibió a cambio construyó una pequeña taberna que pasó a regentar su esposa Aedra, que a la sazón contaba con tan solo diecisiete años de edad.     



Años más tarde, la proliferación de campesinos aumentó, y la nueva población en ciernes, ubicada en la región conocida como Arroyolargo, se independizó administrativamente de Darlan y fuereconocida por el gobernador como una aldea autónoma. Entonces se llevó a cabo un sencillo sufragio, por virtud del cual Rolbur, uno de los pocos en el pueblo que sabía leer y escribir, fue investido alcalde del nuevo municipio. Tras esto, el antiguo granjero se instaló definitivamente en Arroyolargo y se unió al resto de campesinos que había inmigrado a aquellas tierras para establecerse y fundar el pueblo. Rolbur vendió las parcelas que le quedaban, y con parte del dinero que obtuvo erigió una planta más en su taberna para dar cabida a varias habitaciones para él y su proyectada familia –para ese entonces aún no había nacido Seile, la que sería su hija mayor. Rolbur también construyó un pequeño local adosado, que haría las funciones de despacho y cabildo. Mientras se llevaban a cabo las obras, la joven pareja tuvo que vivir en la propia taberna, y cuando aquéllas concluyeron, por fin pudieron ocupar las nuevas habitaciones, su nuevo hogar. Éste, con el tiempo, iría acogiendo también a las niñas a medida que fueran viniendo al mundo para engrosar la familia. Como la planta superior estaba constituida únicamente por los dormitorios y un pasillo distribuidor, Rolbur, Aedra y sus hijas harían uso de la cocina para desayunar, comer y cenar. Cuando cayera la noche y el local se cerrara, utilizarían la gran sala para hacer vida familiar.

El nuevo alcalde no perdió el tiempo. En cuanto el cabildo estuvo construido, dispuso en él un mobiliario sencillo y práctico y se zambulló de pleno en las responsabilidades propias de su cargo. Rolbur se reveló como una persona diligente y eficaz en su trabajo. Sus tareas normalmente consistían en atender los asuntos administrativos de la aldea. Gestionaba los pagos de impuestos, se ocupaba de que los guardias recibieran puntualmente sus retribuciones, se encargaba de los despachos de correos oficiales o supervisaba las negociaciones con el gobernador y con otros alcaldes, entre otros muchos asuntos de esa índole.

Se entregaba a todas estas tareas con eficacia, y en general todo el mundo estaba muy satisfecho con su trabajo.

Por su parte, su esposa se responsabilizaba del buen funcionamiento de la taberna. La señora Aedra era una persona muy preocupada por la higiene, y mantenía siempre el local limpio y ordenado. Todo el mundo –o casi todo– se sentía muy a gusto en aquel lugar. La estancia que albergaba la taberna tenía forma rectangular y estaba amueblada con sencillez, pero también con un gran sentido práctico. En una de sus paredes más largas, justo la que se hallaba frente a la puerta, se encontraba la barra de madera basta. Estaba ubicada en la parte central, entre lasescaleras que daban a las habitaciones superiores y la puerta de la cocina, situadas a su izquierda y a su derecha respectivamente. En la pared contigua a la de la entrada, en el lado de las escaleras, se encontraba el hogar de piedra negra y hierro. Alrededor de él se congregaba durante muchas noches buena parte de los parroquianos asiduos a la taberna para relatar historias y cantar canciones.

Aquel local solía ser un lugar cálido y acogedor, y cada año se convertía en el punto de reunión por excelencia en el pueblo a partir del momento en que los primeros vientos del invierno empezaban a soplar.

Pero cuando Orry entró en él acompañado de Telerin, encontró un ambiente muy diferente. La estancia se hallaba completamente vacía de clientes, y estaba todo un poco patas arriba. Había siete mesas de roble de diferentes tamaños, repartidas de forma desordenada. Alrededor de ellas se encontraban las sillas, que estaban distribuidas de cualquier manera. Seile y Derissa, las dos hijas mayores de la tabernera, estaban barriendo, recogiendo, limpiando las mesas y recolocando lo que estaba por en medio. Orry advirtió también la presencia de Kira, que se encontraba detrás de la barra ayudando a su amiga Nareen, la hermana pequeña de Seile y Derissa. Las dos muchachas más jóvenes se dedicaban a ordenar los estantes y a limpiar. No había nadie más en la sala, de manera que las cuatro chicas se percataron en seguida de la presencia de los recién llegados. Todas ellas dejaron inmediatamente lo que estaban haciendo y se dirigieron a la entrada de la taberna. Kira fue la primera en reaccionar. Al advertir el mal estado en el que parecía hallarse su hermano, soltó con precipitación una botella que estaba limpiando y que casi cayó al suelo y salió disparada a su encuentro. De forma automática, Nareen le fue a la zaga. La joven amiga de Kira siempre había sentido un amor no confeso por Telerin, esa clase de amor ilusionante y fresco que solo se experimenta durante la adolescencia. Sin embargo, ahora se acercaba al objeto del mismo sin rastro alguno de emoción en su rostro, como si se aproximara a un armario para cerrar una de sus puertas.
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