jueves, 25 de abril de 2013

Capítulo Cuarto








Al amparo del fuego del hogar




La taberna de Arroyolargo, propiedad del alcalde, no era muy grande. El edificio estaba hecho de madera y tenía dos plantas. La inferior estaba destinada al local en sí, mientras que en la otra, a la que se accedía subiendo por una escalera de caracol, estaban ubicadas las habitaciones de Rolbur y su familia.

La historia de la taberna era la historia de Arroyolargo.

Unos treinta años atrás, algunos de los campesinos de Darlan, presionados por el constante crecimiento demográfico del pueblo y la escasez de campos de cultivo de la zona, tuvieron que buscar suelo de labranza en otros lugares. En consecuencia, muchos de ellos se desplazaron hacia el oeste en sus carretas dispuestos a explotar nuevos terrenos fértiles. En aquel lugar apartado construyeron pequeñas chozas y cobertizos, en los que pasaron semanas enteras viviendo lejos de sus familias mientras cultivaban la tierra.

Pronto se hizo evidente la necesidad de disponer de un lugar para comer y beber, y el joven Rolbur, que por aquel entonces era uno más de aquellos campesinos, tomó una decisión al respecto. Vendió parte de las parcelas de tierra que había heredado de su difunto padre, y con el dinero que recibió a cambio construyó una pequeña taberna que pasó a regentar su esposa Aedra, que a la sazón contaba con tan solo diecisiete años de edad.     

sábado, 20 de abril de 2013

Capítulo Tercero









 

Una decisión incomprensible





Todo estaba dicho, y ya nada se podía hacer aparte de esperar al día siguiente. Con un ánimo muy diferente al de otros años, los aldeanos se dispusieron a realizar las actividades propias del día. Telerin no vio otra cosa que rostros sombríos y constantes miradas furtivas al obelisco. Miradas cubiertas con una máscara de recelo y aprensión.
 

La negra figura se alzaba en medio de la plaza, alta, orgullosa, amenazante. Estaba rodeada de las construcciones que, tan solo un día antes, habían acogido un ambiente jovial y desenfadado. Pero ahora ninguna de ellas simbolizaba ya nada de eso; aquellas maderas ensambladas parecían más bien lóbregos esqueletos que languidecían en el cementerio en el que se había convertido la plaza del pueblo.
 

Sopló entonces una brisa gélida que barrió polvo del suelo y lo levantó. Su silbido fue el único sonido que osó transgredir aquel silencio fúnebre.

Con aquel ominoso objeto dominándolo todo a su alrededor, los aldeanos habían sustituido la alegría y la celebración por un angustioso nerviosismo y un creciente temor. La mayoría se lamentaba de que algo así hubiera ocurrido en el pueblo. No entendían cuál había sido su margen de culpa en todo aquello, ni de qué forma se habrían hecho merecedores de semejante desgracia. Por no hablar de lo que le había ocurrido a Brenn. Pese a que el muchacho no era santo de devoción de casi nadie, todos se habían sentido extremadamente impresionados al ver lo que aquel obelisco le había hecho. Todos le compadecían. Todos percibían la advertencia velada tras aquella herida en la mano del muchacho. Una advertencia que evidenciaba de lo que aquel objeto era capaz.    

miércoles, 17 de abril de 2013

Capítulo Segundo




 

Problemas





El dramático silencio que se produjo casi podía cortarse con un cuchillo. Brenn permanecía allí de pie, con el rostro inexpresivo, mientras era agujereado por las miradas de los demás. Sin duda su gesto podría haberse considerado un acto de valor, aunque el propio Brenn presentía, por el contrario, que aquella temeraria osadía que había cometido no haría más que empeorar la imagen que todos tenían de él.

¿Pero qué haces, pedazo de animal? La voz atronadora de Marril destrozó el cortante silencio que había provocado su hijo. Con una velocidad muy sorprendente dados su peso y su envergadura, el furibundo herrero se deslizó entre los aldeanos que se hallaban más próximos a Brenn y apartó a este del obelisco de un empellón. ¿En qué narices estás pensando? ¿No se te ha ocurrido que puede ser peligroso tocar eso?

Brenn abrió la boca con timidez, dispuesto a replicar, pero no dijo nada. Acto seguido, agachó la cabeza sumiso. Justo entonces apareció Terril, su hermano mayor. Trató de intervenir, pero su padre aún no había acabado.

Déjame ver tu mano –ordenó tajante el herrero.

Brenn se la mostró. Marril la tomó con un movimiento enérgico, volvió la palma hacia arriba y la examinó con gesto sombrío. Solo cuando se convenció de que no se observaba nada preocupante en ella la dejó libre. Aun así, Marril no mudó su expresión ceñuda, ni tampoco se apreció disminución alguna en su irritación.